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Una niñez que se defiende de las balas


Estar en la escuela no es sinónimo de estar protegido. La violencia está fuera, en la sociedad, pero entra por la puerta o atraviesa las paredes de los centros educativos. La escuela es una caja de resonancia de la sociedad y del contexto socio-cultural donde se desenvuelven los participantes que hacen vida en ella.

La violencia urbana delincuencial genera una dinámica que afecta el clima de convivencia en los centros educativos. Esa fue una de las principales conclusiones de una investigación realizada por el Centro de Investigación Social (Cisor) y Cecodap con el auspicio del Consejo Municipal de los Derechos del Niño, Niña y Adolescente en dos centros públicos del Municipio Baruta (2014).

«Escuelas a prueba de balas» es un trabajo especial realizado por Carmen Victoria Inojosa y publicado por Cecodap, Historias que Laten y la Agencia de Periodistas Amigos de la Niñez y Adolescencia. 

«La niñez en Venezuela se defiende de las balas. En sus comunidades y escuelas esta es una de las lecciones más importantes en los primeros años de vida. Ocurre sin protocolos de actuación ni programas de salud mental por parte del Estado que les ayuden a enfrentar la violencia que los ve crecer. Es un vacío oficial que algunos planteles educativos, como pueden, intentan llenar para salvar sus vidas» concluye Inojosa.

Este especial periodístico fue construido a lo largo de un año, tiempo en el que se visitaron escuelas de dos barriadas caraqueñas: Petare y la Cota 905. Allí se pudo conversar con niños y niñas, entre los 4 y 6 años de edad, así como con docentes, líderes comunitarios y madres o cuidadoras. Las escuelas, sus estudiantes, personal y cuidadores están solos en un conflicto armado que se ha recrudecido en varias zonas de Venezuela. Algunas maestras enseñan a los niños –hasta a los más pequeños que acuden al jardín– a protegerse de las balas. Otras apelan a la intuición. Las instituciones no tienen un protocolo de actuación oficial ni de comportamiento seguro para estos casos.

Durante los meses de investigación se encontró que siete escuelas de Fe y Alegría, ubicadas en los estados Apure, Bolívar, Distrito Capital, Miranda y Zulia preparan a sus estudiantes tanto para la vida como para no morir en la primera infancia. Los centros educativos están en comunidades donde la violencia urbana forma parte de la rutina escolar: tiroteos, delincuencia, enfrentamientos entre bandas, intervenciones de cuerpos de seguridad del Estado.

Desde 2017, en estas siete escuelas, las maestras y el personal escolar han recibido instrucciones del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) sobre comportamiento seguro en conflictos armados y situaciones de riesgo. Ante la falta de protocolos de actuación y programas de salud mental del Estado, las docentes están a cargo de enseñar a los estudiantes a buscar un lugar seguro cuando hay tiroteos. Es una clase que ellas asumen como parte del plan de estudio.

Deuda pendiente

«No recibimos orientación del Ministerio de Educación en ese sentido. Lo que sabemos es porque la CICR formó a algunas escuelas en cuanto a la prevención de la violencia urbana. En estos colegios se hacen simulacros para saber qué hacer en un momento de un tiroteo» dijo Yameli Martínez, coordinadora Pedagógica Nacional de Ciudadanía de Fe y Alegría. La docente dijo no conocer «ningún documento orientador» por parte de las autoridades educativas.

Ignorar el fenómeno no hace que desaparezca, las comunidades educativas tienen que prepararse para dar respuestas conscientes. La naturalización no puede ser la salida.

La inseguridad y violencia desnaturalizan la función de los centros educativos. El aprendizaje, la socialización y la convivencia ceden el protagonismo al temor, la inseguridad, ansiedad y, por ende, a la baja de la calidad educativa y el estímulo de la falta de prosecución y el abandono. 

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