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La violencia del acoso escolar


 La localidad de Sallent en Cataluña, España ha sido el escenario de un lamentable hecho: unas hermanas gemelas de 12 años se han precipitado al vacío, desde el balcón del apartamento donde vivían. Una de ellas murió y la otra se encuentra en estado crítico.


Familiares y su entorno manifiestan las agresiones y el bullying que sufrían por ser migrantes argentinas y, especialmente una de ellas -que se había cortado el pelo muy corto- había manifestado su voluntad de cambiarse de género. La hermana manifiesta en una carta manuscrita que acompañaría a su hermana hasta las últimas consecuencias.

Como es de imaginar, el caso está generando señalamientos y todo un debate sobre las causas que originaron el hecho y la responsabilidad de los directivos, personal docente, autoridades educativas, servicios sociales, familiares.

Hay que decir que no todos los casos de acoso escolar o bullying finalizan en suicidio, como alguna gente todavía piensa, pero son los que generan impacto y remueven el manto de la insensibilidad que todavía persiste.


Culpa de los chicos de Cristal

En nuestro trabajo diario abordando el fenómeno constatamos la tendencia de muchos adultos a banalizar el tema y restarle importancia a sus consecuencias.

El acoso escolar no es nuevo, lo vivimos y sufrimos desde hace muchos años, así lo comentan nuestras familias, amigos y educadores; solo que en esos tiempos no lo reconocíamos como violencia, a pesar de los efectos emocionales que nos generaba y de que convirtió a muchos adultos en seres temerosos, inseguros, intolerantes, defensivos, con dificultades para relacionarse con los demás.

El que sea una realidad de vieja data no le quita importancia, al contrario, requiere que revisemos esa forma tradicional de divertirnos a costa de los demás y no con los demás.

También solemos decir, para justificar el acoso, que es la forma coloquial de echar broma, tal y como pasa con el famoso y muy difundido «chalequeo» especialmente usado para burlarnos de alguien con el fin de molestarlo, hacerle sentir mal, avergonzado y humillado.

El hecho es que desde la educación inicial debemos estar atentos, identificando si los niños y niñas utilizan en los juegos las agresiones para divertirse y generar malestar y dolor a otros.

El acoso implica una relación de poder. Lo utilizamos para obtener popularidad y control ante el grupo de compañeros mostrándonos como el más fuerte, el más popular.

Cuando somos víctimas nos convertimos en el blanco de burlas, segregación y exclusión por nuestra condición. Nos califican como «raros» por nuestra apariencia, forma de hablar, condición física, procedencia, nivel académico, rendimiento escolar, orientación sexual, preferencias políticas o religiosas. El silencio y la soledad suelen ser los acompañantes de quienes les toca sufrir durante semanas, meses o años las agresiones crueles y crecientes.

Cualquier pretexto es suficiente para agredir: ser lento para comprender algo, o por el contrario, ser el mejor estudiante del salón, tener dificultades para relacionarse grupalmente, por solo citar algunos ejemplos. El acoso escolar habla de la muy poca tolerancia a la diversidad y de la violencia como una forma de vincularnos. El tema se complica por estar enmascarado con el chalequeo y pasa desapercibido. Lo consideramos «cosa de muchachos».

Podemos caer en la trampa de pensar que al bautizarlo como bullying o acoso escolar lo ponemos en una categoría que escapa de la violencia familiar, escolar, social y hasta podemos justificarlo como una forma común de relación, menos grave o desconectada de otras formas de violencia. Por eso es común escuchar: «en mi escuela, violencia como tal no hay, lo que si se da es acoso escolar», y no nos damos cuenta que violencia es violencia en cualquiera de sus formas y manifestaciones.

Que nadie más tenga que saltar de un balcón para que lo recordemos.

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