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Hijos de la violencia


 El mes de febrero despuntó con la dolorosa información del infanticidio de una niña de 10 meses en Maturín. El perpetrador fue su padre, quien la sometió a tratos crueles y abusaba sexualmente en presencia de la madre. Las investigaciones revelaron que el consumo de sustancias psicotrópicas y alcohol estimularon este desmán.

También, en los primeros días del mismo mes conocimos que un adolescente de 13 años despareció de su casa en San Carlos (Cojedes). Posteriormente se supo que huyó hacia Colombia, buscando librarse de los constantes maltratos físicos y verbales que le infligía su padre. Fue localizado en Guasdualito donde intentaba traspasar la frontera para unirse a familiares que migraron al vecino país.

Isabel Cuadros, psiquiatra colombiana experta en el tema, destaca los factores de riesgo social: Pobreza, desempleo, tolerancia cultural al castigo corporal, cambio frecuente de pareja, embarazos no deseados, alcoholismo y otro tipo de drogadicción en los padres, familia monoparental y existencia de una crisis familiar que la desborda.

Relaciono esos factores con nuestra realidad y la fractura del tejido social fruto del impacto de la emergencia humanitaria compleja, la pandemia e inevitablemente me hace pensar por qué la frecuencia de los casos y la crueldad han ido aumentando, según lo podemos evidenciar en la publicación en medios de comunicación o redes sociales.

¿Qué situaciones evidencian maltrato infantil?

Familiares, vecinos, educadores, personal de salud y autoridades policiales y de protección deben estar muy atentos con indicadores de que la integridad de los niños está en riesgo.

.-Negligencia severa: Abandono, períodos largos sin supervisión, demora en buscar ayudar para el tratamiento de una enfermedad, deprivación maternal.

.-Lesiones en la cabeza, golpes y morados atribuidos a caídas accidentales.

.- Quemaduras de cigarrillos, planchas, cucharillas calientes en la espalda, dorso de la mano, boca, nalgas, en el área del pañal.

.- Lesiones óseas, fracturas, dificultad para mover articulaciones, brazos, piernas.

.- Evidencias de abuso emocional como pérdida de cabello, cortaduras, lesiones auto infligidas, intentos de suicidio.

.- Lesiones en los genitales.

.- La presencia de niños, niñas o adolescentes en las calles o migrando sin ningún familiar acompañante, pueden ser indicio de huida de entornos violentos.

Ausencia de políticas públicas

“La opinión pública está lejos de haber tomado conciencia de que lo que ocurre a un niño en los primeros años de su vida, repercute inevitablemente sobre el conjunto de la sociedad, y que la psicosis, las drogas y la criminalidad son expresiones codificadas de las experiencias de la primera infancia”, sentencia la psicóloga que más ha estudiado el tema, Alice Miller.

Miller demuestra en su libro “Por tu propio bien”, cómo, fatalmente, el niño al que han pegado pegará a su vez, el que ha sido amenazado amenazará y el que ha sido humillado humillará”. 

Tenemos una ley garantista como la LOPNNA (Ley Orgánica para la Protección del Niño, Niña y Adolescente), pero seguimos engrosando la lista de niños martirizados sin que se haga nada para poner un alto a esa violencia ciega.

El Estado actúa para procesar las denuncias en los casos graves y juzgar a los victimarios; pero seguimos sin encontrar el eslabón perdido: educar a las familias y colectividad para educar con respeto y sin violencia y poder reportar la violencia contra los niños, aunque esta venga de sus familiares porque son personas y ciudadanos que merecen protección.

Se mantiene la deuda contraída al aprobar en la LOPNNA, el derecho al buen trato y la obligación del Estado a capacitar a las familias, funcionarios públicos y contar con un sistema confiable de denuncia y de respuesta a ella.

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