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Si no hablamos, otros lo harán


 Las tragedias y malas noticias que afectan a niños, niñas y adolescentes se han multiplicado en las últimas semanas. Deslaves, inundaciones, accidentes por las emergencias de las lluvias con consecuencias fatales, infanticidios, casos múltiples de abuso sexual, un adolescente que se suicida presuntamente por ser acosado escolarmente y la fatídica muerte de un niño en un colegio son algunos de los casos que se han ido registrando en los últimos días. 


En todos estos hechos hay niños y adolescentes vinculados por ser familiares, vecinos, compañeros de clases o por recibir la información a través de algún medio de comunicación o red social.

¿Debemos hablar con los niños sobre las malas noticias? Si no lo hacemos nosotros es muy probable que se enteren por otros niños o medios y queden expuestos a información inconveniente.

La Academia Americana de Pediatría (AAP) nos da algunas orientaciones:

  • Preguntar. Independientemente de la edad es un buen comienzo para identificar qué han escuchado sobre el hecho.
  • Escuchar con atención sus planteamientos, sin interrumpirlos.
  • Parafrasear, repitiendo con nuestras palabras lo que dijeron, es una forma de que se sientan escuchados y valorados. Seguidamente les podemos preguntar si tienen alguna otra inquietud.
  • Informar. Los niños más grandes y los adolescentes pueden pedir información adicional. Cualquiera sea la edad, los especialistas invitan a mantener un diálogo simple y directo. Comunicar solo la información básica y evitar información gráfica, imágenes o los detalles sobre las circunstancias trágicas.

En tiempos de redes sociales:

  • Filtrar la información a la que están expuestos los niños es lo más recomendable para evitar lo que pueda herir su sensibilidad o no estar aptas para su nivel de desarrollo. En la medida en que los niños tienen acceso a redes y dispositivos es más complejo prevenir el acceso a la información. Es por ello que tenemos que estar pendientes.
  • Acordar con ellos a qué espacios pueden tener acceso y hacer seguimiento parental al respecto.
  • Revisar con los más grandes cuál es la información que ha visto, a la que nos han hecho referencia, para poder analizarla y comentarla.
  • Validar sus emociones
  • Permitir, en cualquiera de las edades, que expresen sus emociones o temores que pueden presentarse en estas circunstancias. “Es natural que esta información te preocupe; pero estamos aquí para protegerte”, puede ser una expresión para darle confianza.
  • Orientar. Cada padre conoce a su hijo o hija, su sensibilidad, nivel de desarrollo y ese va a ser un principio fundamental para orientar cualquier conversación y regular el tipo de información.

Señales de alerta

  • Identificar indicios de que el niño o la niña no pueden sobrellevar la situación presente. Algunos aspectos con los que debemos estar atentos: problemas para dormir, cambios abruptos en el comportamiento (comer mucho o inapetentes, conductas regresivas, dejar de controlar esfínteres, volver a querer dormir con los padres, excesivo apego, en el caso de adolescentes, consumo de alcohol, cigarrillos, sustancias), sentirse cansados, manifestar tristeza excesiva, ansiedad, miedos, depresión.

Estos pueden ser indicadores de que algo está ocurriendo y debemos esforzarnos en observar, conversar, indagar y buscar apoyo profesional en caso de ser necesario. La sucesión de hechos trágicos es difícil de procesar incluso para los adultos.

Encontrar el equilibrio. Es entendible que busquemos preservar a nuestros niños no hablando de estos hechos; pero no lo podemos tener “encerrados en una campana”. Tampoco se trata de sobreexponerlos y no filtrar la información inadecuada.

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