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Del “no nacimos pa´ semilla” a derrumbar la violencia en la cultura urbana


 El título de este artículo está inspirado en el libro publicado por el periodista colombiano Alonso Salazar en 1990. Constituyó una radiografía del impacto del mundo de la violencia en la cultura urbana, en narcotráfico y el fenómeno de los adolescentes y jóvenes sicarios en Medellín. Salazar se convertiría en el alcalde de esa ciudad una década después.


Confieso que los crudos testimonios propiciaron que desde Cecodap realizáramos varios encuentros para analizar el contenido del mismo en los inicios de los 90`s. Las reflexiones estaban orientadas a la prevención de un fenómeno en el cual niños y adolescentes viven en el aquí y ahora sin un sentido de vida, no venimos a sembrar nada en este mundo y la única motivación es conseguir una cantidad de dinero para sí o las familias sumidas en la pobreza. Una religiosidad que establece una visión distinta de la muerte. Niños y adolescentes sin un proyecto de vida a años o incluso meses porque su vida se cuenta en horas, días.

Confieso que los testimonios recogidos por Salazar volvieron a mi mente al leer el informe de la investigación realizada por Cecodap sobre el reclutamiento de niños, niñas y adolescentes por el crimen organizado y, más específicamente, por la megabanda de la Cota 905, El Cementerio y La Vega, al suroeste de Caracas. Se ha mantenido como una actividad invisibilizada entre todas las desarrolladas por este grupo delictivo que emergió de las fallidas “Zonas de Paz” y que acumuló tanto poder de fuego como para sembrar el terror en la capital del país.

Las principales causas del reclutamiento de niños, niñas y adolescentes están relacionadas con la situación de precariedad socioeconómica en que viven. La inseguridad alimentaria, la deserción escolar y la violencia intrafamiliar son motivaciones recurrentes de la vinculación de menores de edad con esta organización delictiva.

El reclutamiento forzado no es equivalente a un alistamiento voluntario, pues los niños, niñas y adolescentes no se suman al crimen organizado y, en este caso, a la megabanda, en un ejercicio pleno de su voluntad. El principal anzuelo es la oferta de ingresos semanales en dólares, con los cuales los niños, niñas y adolescentes podrían cubrir necesidades reales o percibidas: alimentación, ropa y calzado (como símbolos de estatus social) y protección en una lógica de la ley del más fuerte, según la documentación realizada por Cecodap.

En la mayoría de los casos el reclutamiento está determinado por relaciones de vecindad e incluso familiaridad entre delincuentes reclutadores y niños, niñas y adolescentes reclutados, pues unos y otras forman parte de una misma comunidad. Sin embargo, cuando la megabanda emprendió la conquista de La Vega o cuando requirió engrosar sus filas para combatir a los cuerpos de seguridad del Estado, el reclutamiento se tornó más coercitivo y masivo. En La Vega, por ejemplo, operaron reclutadores profesionales y mediaron labores de “inteligencia” para afinar la selección de menores de edad con el perfil requerido para involucrarlos en el delito.


¿Cuál es su rol en la estructura de estos grupos?


Existen al menos cuatro grados de vinculación de niños, niñas y adolescentes a la megabanda de la Cota 905, El Cementerio y La Vega:

Los mandaderos. Se encargan de la provisión de productos de primera necesidad y, eventualmente, de cualquier otro producto, requeridos por los integrantes de la megabanda que, por estar solicitados por los cuerpos de seguridad del Estado, deben permanecer confinados en las partes altas de los barrios. Generalmente esta función la desempeñan niños, niñas.

Los gariteros. Son centinelas apostados en zonas estratégicas de los territorios controlados por la megabanda. Tienen dos principales funciones: a) alertar sobre el ingreso de funcionarios de cuerpos de seguridad del Estado o de personas ajenas a la comunidad y b) detectar y denunciar eventuales infracciones de reglas de convivencia impuestas arbitrariamente por los líderes de la megabanda.

Los traficantes. El microtráfico de droga es una puerta de entrada a la megabanda para menores de edad, sobre todo adolescentes. Es una opción más lucrativa en comparación con los mandaderos y gariteros, pero, obviamente, conlleva mayores peligros. También emerge como un atractivo para los menores de edad con adicciones a las drogas, pues el pago o parte del pago que reciben puede ser droga para su consumo.

Los malandros. Se trata del cuarto y último escaño al que pueden aspirar los menores de edad dentro de la megabanda. Como en el caso del tráfico de drogas, se alcanza sobre la base de una comprobada disposición de consolidar y ampliar el poder de la organización criminal. Los malandros adquieren tal rango cuando se les entrega un arma de fuego y la usan a dos fines: para hacer cumplir las reglas de la megabanda y para cometer los delitos que sustentan las economías del grupo delictivo, entre ellas la: extorsión, el secuestro, el tráfico de drogas y el robo de vehículos.

“Sí nacimos pa´ semilla”

Desde el propio Medellín nos llegan indicios de que una política pública y un acuerdo social de los distintos sectores contribuyeron a bajar los índices de violencia y superar el fenómeno de los jóvenes sicarios. Un movimiento juvenil y ciudadano se ha promovido bajo el lema `Sí nacimos pa´semilla´. Ojalá que las lecciones de la capital Antioqueña, situación que nos parecía tan distante en los 90`s, sirvan para que podamos tres décadas después emular los resultados positivos ofreciendo posibilidades para que los niños, adolescentes y juventud encuentren en la educación, formación para el emprendimiento y participación de oportunidades para recoger los frutos de su cosecha.

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