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Cultivando la esperanza y la resiliencia en los tiempos que vivimos


 Celebramos una nueva Semana Santa en medio de un tiempo donde la desesperanza gana terreno. El impacto de la emergencia humanitaria compleja en la cotidianidad de nuestros jóvenes se agigantó por los efectos de una pandemia que persiste.

Los educadores y familias reportan la falta de motivación que se ha adueñado de los estudiantes y las cifras de autoagresiones y suicidios siguen indicando que algo está afectando la salud mental.

El psiquiatra vasco Pablo Malo advierte sobre los retos que entraña el que el papel tradicional de la religión como predictor moral haya sido sustituido por las redes sociales donde se decide qué es lo bueno o lo malo.

Estos días deben permitirnos reflexionar sobre el valor de la espiritualidad como un recursos para promover la esperanza y resiliencia en los tiempos que vivimos.

¿Qué hacer para fomentar la fe?

Utilizar ejemplos. Como es el caso de la semilla que en la oscuridad, soledad, silencio, quietud y humedad de la tierra germina hasta convertirse en una planta. El que no la veamos germinar no quiere decir que no se esté dando el proceso bajo la tierra. Si  pretendemos  verificarlo, escarbando,  con seguridad dañaremos el proceso. Lo que sí es muy importante es abonar y humedecer  la tierra, colocarla en el lugar apropiado para que la semilla pueda germinar y crecer.    

Recordar que permanentemente hacemos actos de fe. Cuando vamos a un restaurante no nos dirigimos a la cocina para ver en qué condiciones higiénicas se encuentra el lugar. Nos montamos en un avión y no vamos a la cabina a preguntarle al piloto cuántas horas de vuelo tiene y constatar si está en condiciones óptimas para pilotear.

Son ejemplos prácticos que permiten demostrar cómo, cotidianamente, damos por hecho que las personas que nos brindan los servicios tienen las condiciones requeridas para hacerlo adecuadamente. Hacemos actos de fe en lo que no vemos.

Compartir vivencias que evidencien  cómo nos ayudó la fe. Podemos contar experiencias personales difíciles en las que nuestra vida parecía una cueva sin salida pero con el apoyo y solidaridad de  otros,  encontramos  la posibilidad de conseguir las salidas y seguir adelante. La fe  hizo que la cueva se convirtiera en un túnel con salida. Pudimos  transitar  un trecho en el que  solo había oscuridad  pero logramos ver la  luz   que nos permitió superar las crisis personales y familiares.

La fe es un factor protector de la resiliencia que estimula la esperanza de que las cosas puedan cambiar a pesar de lo sucedido. Una esperanza que se convierte en fortaleza cuando es compartida con otros y nos permite fortalecernos en la adversidad.

Dejar claro que la fe no significa tolerar las injusticias. Con frecuencia escuchamos a personas cuyos familiares han sido víctimas fatales de la violencia, invocando la justicia divina porque la terrenal no funciona. Debemos fomentar en nuestros hijos e hijas  la formación ciudadana para exigir la justicia debida y Dios puede dar fortaleza para no claudicar y perseverar hasta lograr que la ley se cumpla.

Estimular el contacto con el arte y la naturaleza. Son recursos de inspiración para el crecimiento espiritual con oportunidades para la trascendencia. Cultivar el espíritu con   la contemplación, imaginación, los sentidos, la sensibilidad para ponerle color a su existencia.

Enseñarles a defender sus creencias. Cuando en los grupos, centros educativos, culturales, pretendan imponerles creencias o ideologías que van en contra de las propias, tienen el  derecho de exigir respeto y hacer valer el derecho a la libertad de pensamiento, conciencia y religión.

Como representantes o responsables tenemos el derecho y el deber de orientar a los niños, niñas y adolescentes en el ejercicio de este derecho, de modo que contribuya a su desarrollo integral.

Estar alerta  con los rituales. En especial los que generan cambios abruptos en la personalidad, utilizando el alcohol o la violencia como parte del ritual. Es importante indagar qué tipo de respuesta buscan nuestros hijos en estas opciones. Puede ser que se sientan vacíos, solos y necesiten creer en algo o en alguien, encontrando en estos grupos la atención y el  tiempo que no tienen en sus familias.

Ser coherente  entre lo que se  dice y lo que se hace. Cada vez, con más frecuencia, se utilizan prácticas orientales como por ejemplo la meditación con el fin de desarrollar el mundo interior, relajarse del estrés agobiante; sin embargo se dan casos en los que existe un desfase entre esas prácticas  y lo que hacemos en la convivencia. Pasa que abandonamos a nuestros hijos para participar en esos grupos que en algunos casos son un pretexto para no asumir nuestras responsabilidades. Si las utilizamos adecuadamente, de forma coherente y congruente, son una herramienta  muy útil para el crecimiento espiritual, personal y familiar.     

La fe  y el amor deben ir de la mano. El desamor puede  generar la sensación de  que nada es posible. Una experiencia fecunda de amor hace florecer  la fe en nosotros y en los demás. 

Celebramos una nueva Semana Santa en medio de un tiempo donde la desesperanza gana terreno. El impacto de la emergencia humanitaria compleja en la cotidianidad de nuestros jóvenes se agigantó por los efectos de una pandemia que persiste.

Los educadores y familias reportan la falta de motivación que se ha adueñado de los estudiantes y las cifras de autoagresiones y suicidios siguen indicando que algo está afectando la salud mental.

El psiquiatra vasco Pablo Malo advierte sobre los retos que entraña el que el papel tradicional de la religión como predictor moral haya sido sustituido por las redes sociales donde se decide qué es lo bueno o lo malo.

Estos días deben permitirnos reflexionar sobre el valor de la espiritualidad como un recursos para promover la esperanza y resiliencia en los tiempos que vivimos.

¿Qué hacer para fomentar la fe?

Utilizar ejemplos. Como es el caso de la semilla que en la oscuridad, soledad, silencio, quietud y humedad de la tierra germina hasta convertirse en una planta. El que no la veamos germinar no quiere decir que no se esté dando el proceso bajo la tierra. Si  pretendemos  verificarlo, escarbando,  con seguridad dañaremos el proceso. Lo que sí es muy importante es abonar y humedecer  la tierra, colocarla en el lugar apropiado para que la semilla pueda germinar y crecer.    

Recordar que permanentemente hacemos actos de fe. Cuando vamos a un restaurante no nos dirigimos a la cocina para ver en qué condiciones higiénicas se encuentra el lugar. Nos montamos en un avión y no vamos a la cabina a preguntarle al piloto cuántas horas de vuelo tiene y constatar si está en condiciones óptimas para pilotear.

Son ejemplos prácticos que permiten demostrar cómo, cotidianamente, damos por hecho que las personas que nos brindan los servicios tienen las condiciones requeridas para hacerlo adecuadamente. Hacemos actos de fe en lo que no vemos.

Compartir vivencias que evidencien  cómo nos ayudó la fe. Podemos contar experiencias personales difíciles en las que nuestra vida parecía una cueva sin salida pero con el apoyo y solidaridad de  otros,  encontramos  la posibilidad de conseguir las salidas y seguir adelante. La fe  hizo que la cueva se convirtiera en un túnel con salida. Pudimos  transitar  un trecho en el que  solo había oscuridad  pero logramos ver la  luz   que nos permitió superar las crisis personales y familiares.

La fe es un factor protector de la resiliencia que estimula la esperanza de que las cosas puedan cambiar a pesar de lo sucedido. Una esperanza que se convierte en fortaleza cuando es compartida con otros y nos permite fortalecernos en la adversidad.

Dejar claro que la fe no significa tolerar las injusticias. Con frecuencia escuchamos a personas cuyos familiares han sido víctimas fatales de la violencia, invocando la justicia divina porque la terrenal no funciona. Debemos fomentar en nuestros hijos e hijas  la formación ciudadana para exigir la justicia debida y Dios puede dar fortaleza para no claudicar y perseverar hasta lograr que la ley se cumpla.

Estimular el contacto con el arte y la naturaleza. Son recursos de inspiración para el crecimiento espiritual con oportunidades para la trascendencia. Cultivar el espíritu con   la contemplación, imaginación, los sentidos, la sensibilidad para ponerle color a su existencia.

Enseñarles a defender sus creencias. Cuando en los grupos, centros educativos, culturales, pretendan imponerles creencias o ideologías que van en contra de las propias, tienen el  derecho de exigir respeto y hacer valer el derecho a la libertad de pensamiento, conciencia y religión.

Como representantes o responsables tenemos el derecho y el deber de orientar a los niños, niñas y adolescentes en el ejercicio de este derecho, de modo que contribuya a su desarrollo integral.

Estar alerta  con los rituales. En especial los que generan cambios abruptos en la personalidad, utilizando el alcohol o la violencia como parte del ritual. Es importante indagar qué tipo de respuesta buscan nuestros hijos en estas opciones. Puede ser que se sientan vacíos, solos y necesiten creer en algo o en alguien, encontrando en estos grupos la atención y el  tiempo que no tienen en sus familias.

Ser coherente  entre lo que se  dice y lo que se hace. Cada vez, con más frecuencia, se utilizan prácticas orientales como por ejemplo la meditación con el fin de desarrollar el mundo interior, relajarse del estrés agobiante; sin embargo se dan casos en los que existe un desfase entre esas prácticas  y lo que hacemos en la convivencia. Pasa que abandonamos a nuestros hijos para participar en esos grupos que en algunos casos son un pretexto para no asumir nuestras responsabilidades. Si las utilizamos adecuadamente, de forma coherente y congruente, son una herramienta  muy útil para el crecimiento espiritual, personal y familiar.     

La fe  y el amor deben ir de la mano. El desamor puede  generar la sensación de  que nada es posible. Una experiencia fecunda de amor hace florecer  la fe en nosotros y en los demás.

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