En “Psiquiatría de las pandemias” Damir Huremovic advirtió
sobre el inevitable aumento de la ansiedad y depresión por efecto del
confinamiento y su impacto en todos los órdenes de la vida. A pesar de ello, la
directora del Departamento de Salud Mental y Uso de Sustancias de la
Organización Mundial de la Salud, señaló recientemente: “la pandemia de COVID-19 ha sido un duro
recordatorio de la importancia de integrar la salud mental en los planes de
preparación y respuesta para las emergencias de salud pública”.
El
médico argentino Marcelo Cetkovich hace referencia al fenómeno del “contagio
conductual” descrito por Huremovic que explica como en condiciones de estrés tendemos
a imitar en forma irreflexiva la conducta de quien tenemos cerca, sobre todo si
es una persona con la que nos identificamos.
Partiendo de ello
Cetkovich analiza, sin justificar, el comportamiento de adolescentes y jóvenes.
Se demoniza los encuentros masivos de chicos y pide que, antes de levantar el
dedo acusador como sociedad, se considere que estudios científicos serios han
alertado que la población joven ha sido la más afectada con los más altos
niveles de ansiedad y depresión. La depresión no es un buen aliado para tomar
las mejores decisiones.
“No queremos
justificar el descuido, pero si es importante contextualizar. Por otro lado, la
necesidad de agruparse y pertenecer es un elemento conductual distintivo de la
adolescencia, que fue menoscabado en forma flagrante por la pandemia. Un estudio
de los Países Bajos publicado recientemente, demostró que jóvenes estudiantes
tuvieron durante la cuarentena, dificultades para llevar a cabo estrategias de
regulación emocional, como por ejemplo, hacer ejercicio”, resalta Cetkovich.
Adolescentes
por su cuenta.
Pese a los previsibles efectos, recién en enero de 2021, se
acordó la integración de la salud mental en los planes de preparación y
respuesta frente a las emergencias de salud pública debe ser una
prioridad. Así lo establecieron los Estados Miembros en la reunión del
Consejo Ejecutivo de la OMS. En dicha reunión, los países manifestaron su
compromiso firme para la adopción de una resolución al respecto en la próxima
74ª sesión de la Asamblea Mundial de la Salud en mayo de 2021, de forma que se
trata de un paso fundamental en el reconocimiento del impacto psicológico
de las emergencias, catástrofes y desastres en las personas.
El establecimiento de una primera línea de
intervención de apoyo psicológico y social fue considerado como una de las líneas
de acción clave para frenar el impacto psicológico de la COVID-19 en salud mental de la
población, junto con el reforzamiento de los servicios comunitarios y la
teleasistencia. Se recomienda incluir a los adolescentes en los grupos
vulnerables, junto con las mujeres expuestas a violencia doméstica, personas
con problemas de abuso de sustancias.
Esperamos que las
decisiones que se adopten en mayo contemplen efectivamente los efectos
perversos de la pandemia emocional sobre la salud física, mental y social,
especialmente sobre los adolescentes y jóvenes. Tal como advierte Cetkovich, la ola de desacato que nos preocupa pareciera tener
determinantes más complejos que la mera desobediencia juvenil.
Hay que acompañar a
una generación que ha sido duramente golpeada. Sus expectativas se han hecho
añicos por los efectos de la pandemia, y en el caso de nuestro país, por las
condiciones humanitarias ya instaladas. Se les han socavado todos los espacios
y no hemos tenido la capacidad para acompañarlos.
Son tiempos para
fortalecer la empatía, comprenderlos y poder darle motivos para seguir
adelante, para continuar con las medidas de seguridad, dar motivos para seguir
adelante y disipar cualquier idea de que no vale la pena seguir viviendo.
Hay que dejar de
señalarlos como el grupo etario vector del contagio y apelar a las reservas de
esta generación resilliente forjada en la más dura e impensada adversidad.

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