En los últimos 18 años es alarmante el aumento de niños en situación de
calle. Como las colas o el deterioro de arquitecturas los menores mendigando se
han convertido en una marca palpable del crítico retrato que hoy luce la Gran
Caracas
Yazmely Labrador
Están sentados,
en medio del tráfico habitual de la zona y del vaivén de personas en el centro
comercial, permanecen allí. Casi invisibles. Como si no estuvieran. Cuando ven
la oportunidad, se acercan a la entrada y abordan a una de las personas que
esté entrando.
– Por favor, ¿Me
puede dar algo de comer? - Dice uno de ellos.
La persona evita
verlo y continúa su paso. Como si se tratara de un juego perdido, ellos ponen
mala cara y vuelven al banco, cerca de la fuente. Ahí continúan sentados
esperando repetir la operación y en otra oportunidad, sí tener éxito. No
entran, al Sambil no. Ya han tenido varios inconvenientes con los vigilantes,
ellos no les permiten pasar. El grupo está integrado por unos 8 niños, entre 10
y 15 años. No son los únicos. Son parte de un ya conocido clan - 40 para ser
exactos- que hasta hace unas semanas pernoctaba en la pasarela del Centro
Comercial Ciudad Tamanaco (CCCT). Algunos se salieron de sus casas, a otros los
botaron. Sus historias se asemejan. Una especie de guión repetido.
Alexander es uno
de ellos. Fue uno de los pocos que accedió a contar su historia. Los otros
tienen miedo de hablar.
“Cada vez que nos buscan, viene la Lopna y nos lleva”, refuta uno de ellos
mientras niega con su cabeza la posibilidad de contar algo más.
“Yo sí quiero
hablar porque necesito ayuda. Quiero comida y ropa”, explica el otro pequeño
que tiene 12 años pero su mirada y el paso por la calle lo hacen ver mucho
mayor. Lleva puesta una camisa verde y un short que están rotos y cubiertos de
mugre. Luce cansado, pero a pesar de sus ojeras muy marcadas, está alerta. Ve
con detalle a todo el que pasa y se queda observando al grupo.
Le dicen
Tortuga. Antes de dar la explicación sobre el por qué de tan inusual apodo, hay
un silencio. “Me dicen así porque cuando no tengo sabanas me arropo con la
camisa, meto los pies y las manos porque hace mucho frío”, mientras habla,
emula la practica que hace en las noches para poder dormir.
Tortuga vivía en
Ruiz Pineda, junto a su madre y 4 hermanas. Los golpes y la ebriedad de su mamá
lo apartaron de su hogar. Ahora vive en las calles, no se llevó a sus hermanas
y está claro en que es mejor no hacerlo.
“Yo no quiero
que ellas vivan lo que estoy viviendo”, responde casi de inmediato. Su expresión
cambia por completo cuando lo hace, baja la mirada para evitar que lo observen.
Mientras, toca
sus pies desnudos y cubiertos de ampollas y mugre, una señal de que han estado
pisando el asfalto así, sin ninguna suela de por medio desde hace mucho.
Continúa hablando.
Explica los
peligros de la calle, los conoce bien, no hay inocencia, ni pizca de
ingenuidad. Dice que en la calle hay que “estar pilas”, que todo te lo quieren
robar, aunque a él parece que ya le robaron lo más preciado: su niñez.
“En la calle uno
tiene que matar y comer por ti mismo, si no te mueves no comes. Hay gente buena
y también mala”.
Los otros compañeros que oyen el relato de Tortuga se aventuran y apoyan lo que
dice. El otro pequeño, que había asegurado que no quería hablar, rompe el
silencio por un momento y confiesa que extraña a su mamá. “Yo la extraño porque
si ella se me muere, ¿Qué hago yo? Pero tampoco me gusta estar siempre con ella
porque no como”, no dice más al respecto, solo completa lo que dice su
compañero sobre “la gente mala”.
Se refieren a
los funcionarios policiales. Aseguran que les pegan y les quitan lo que logran
recolectar. Pero no solo eso, el grupo tampoco tiene buena relación con los
otros niños de la calle. No son solo los 40 del CCCT. A lo largo de Las Mercedes,
Chacaíto y otros puntos del este de Caracas hay más grupos. Todos hacen lo
mismo, piden comida y dinero.
Justo a las
afueras de un local de comida rápida en Las Mercedes, está otro grupo. Ese está
conformado por aproximadamente 12 niños, con edades entre 8 y 16 años.
Unos están en
los alrededores del comercio, mientras otros juegan cartas en el
estacionamiento apostando el dinero que han recolectado. Al terminar, planean
ir a La Guaira, quieren bañarse.
En el día, el
grupo de niños recorre Las Mercedes, piden en las afueras de los locales y del
centro comercial El Tolón. Carlitos es uno de ellos. Su aspecto es parecido al
de Tortuga, está lleno de mugre y descalzo, pero hay algo que marca diferencia:
en sus manos lleva un cigarro encendido. Fuma mientras accede animado a la
oportunidad de contar su historia.
Este grupo es más receptivo, todos quieren hablar, gritan, y hasta se pelean en
un afán por ver quien será el primero. Carlitos comienza. Tiene 10 años, está
en la calle desde los 8, se fue de su casa porque su padrastro le pegaba, ahora
vive con el grupo en una construcción, cerca de Chacaíto. Como la mayoría, no
ha estudiando y tampoco tiene ganas de hacerlo. No les gusta. A su casa no
piensa regresar, no la extraña. “En la calle como más, en mi casa me pegan y no
me dan de comer”, se justifica mientras vuelve a inhalar el cigarro. Juega a
ser grande. Este grupo también identifica a los policías como “gente mala”.
Dice que les pegan, igual que los vigilantes de los centros comerciales. No
solo piden. Los tres meses de protestas también han copado su atención. Cuando
hay marchas en la zona, participan. Se enfrentan a los guardias, muchos lo
hacen por juego, por distracción, no comprenden con claridad el peligro que
corren en medio de la represión.
Varios de ellos
han recibido perdigones. Carlos tiene 2, los muestra mientras relata como los
recibió. Aún están recientes y sin curar, uno en el tobillo, otro en el brazo.
Enseguida todos sus compañeros muestran sus marcas con orgullo. Como si fuera
un signo de valentía. Luego continúan en la tertulia, cuentan el dinero para
poder irse a la playa y lo hacen. En otra parte del este de Caracas, La
Castellana, específicamente, más niños permanecen sentados en las afueras de
una popular cadena de comida. Están escondidos, cerca de los árboles, en el
estacionamiento y en el auto servicio. Los vigilantes los conocen bien, cuando
alguien los buscan no dudan en decirles donde están si van a prestarles ayuda.
“Esos niños no
tienen a nadie. Se la pasan aquí pidiendo comida”, dice uno de ellos mientras
señala hacia el estacionamiento, donde se encuentran sentados cuatro niños.
En esa zona logran recolectar más. Aunque duermen en el CCCT, aprovechan las
fuentes ubicadas en la plaza Francia de Altamira y El Sambil para quitarse un
poco la mugre en las mañanas. Al abordarlos, llegan muchos más. Algunos no
viven en las calles y su aspecto así lo demuestra, piden porque en sus casas no
hay suficiente comida, no alcanza. Ese no es el caso de Deyner, es pequeño, tan
delgado que se notan con detalle sus huesos. Dice tener 12 años, pero aparenta
mucho menos. En su cuerpo tiene las marcas de las “calles”: una cortada que le
propinó un indigente que quería robarle lo que había recolectado y varias
cicatrices que asegura, son producto de los golpes que su padrastro le propinó
antes de correrlo de su casa en Petare. “Si me corrió, yo qué iba a hacer. Me
fui”, dice el pequeño, resignado ante la vida que le tocó vivir.
Tiene 2 años en
las calles, vive en la pasarela del CCCT junto a los otros 40, entre ellos su
hermano de 8 años. Durante este tiempo, fue recogido por el personal de la
Misión Negra Hipólita, pero se escapó. “En la Negra Hipólita no nos dan comida,
medio bollito, un poquito de caraota y jugo sin azúcar, dos veces en la mañana
y a las 12 de la noche. Eso es como una cárcel”, asegura el pequeño, que
reconoce que en las calles come mucho más. De eso también son conscientes los
demás. “Yo pido aunque me dicen que eso es malo, pero yo me voy a morir de
hambre por eso. Yo no robo, pido”, asegura el pequeño. Irónicamente estos
grupos usan el término “revolucionar” para pedir comida y dinero, la misma
palabra insigne del chavismo desde que llegó al poder en 1998 y prometió que no
habría más niños en las calles. Pero hay. La cifra se desconoce pero el aumento
es evidente.
“No son
prioridad”
Para Fernando
Pereira, coordinador general del Centro Comunitario de Aprendizaje (Cecodap),
el alto índice de niños en situación de calle es muestra de la ausencia de
programas sociales impulsados por el Estado para garantizar la seguridad de
estos menores. Agrega la falta de cifras y estadísticas de este fenómeno, como
otro de los causales que impiden resolver la situación. “Es evidente la
ausencia del Estado, se ha retirado de este problema. Ni siquiera está
identificado quien es el que tiene la responsabilidad de garantizar el cuidado
de estos menores. Lo que refleja es que no es una prioridad”, refiere el
representante de la ONG. Para Pereira es alarmante la cantidad de niños en las
calles, a esto se suma la disertación de menores en las escuelas.
Explica que hay dos tipos de patrones en este fenómeno: los niños que viven en
las calles y los que pasan el día pidiendo en las calles ante la falta de
comida y abrigo en sus hogares. El coordinador de Cecodap también advierte a la
sociedad que brinda dinero y comida usualmente a estos menores. Recalca que la
situación es mucho más compleja y no se resuelve con esto. A su juicio, solo
produce que haya más niños en situación de calle. “Es un tema muy complejo,
nosotros entendemos que con darle una comida en un momento determinado no vamos
resolver la problemática presente. Yo como ciudadano lo que voy a poder hacer
es darle un poco de comida, si nos quedamos ahí lo que hacemos es aumentar la
cantidad de niños en las calles”, asevera.
Pereira también
asoma la posibilidad de que los menores sean enviados por adultos para pedir.
Aunque Cecodap no ha constatando que sea cierto. Advierte que policías
municipales sí manejan información de que en muchos de estos casos, los niños
son utilizados por personas más grandes. Reitera que es importante pasar a un
nivel de organización. Establecer mecanismos previsto en los programas para la
educación de los niños como: educadores de calles y promotores que permitan
identificar a los menores, censarlos y comenzar la atención para sacarlos de
las calles. “Es importante actuar rápido. En la medida en que pasa los días ya
el muchacho va haciendo de la calle su modo de vida”, recalca.
Autor: FERNANDO PEREIRA | @CECODAP | @FERNANPEREIRAV

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