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Sobreproteger es desproteger


 En este espacio hemos hablado recurrentemente de los niños “criados entre alambres de púas”. Sometidos a los rigores de la calle, de la violencia familiar, de ambientes hostiles o negligentes, instituciones educativas o de salud sin las condiciones mínimas requeridas. 

Hoy nos referiremos a la otra cara de la moneda: a los niños y adolescentes criados “entre algodones”. Padres hiperprotectores que actúan como parachoques ante cualquier dificultad del entorno. Se filtra cualquier información y se ajusta la realidad a modo de la película “La Vida es Bella” de Benigni. Meticulosamente se construyen burbujas aislantes y protectoras y permanentes para que no deban padecer los rigores de vivir en un país con las asperezas del nuestro. 

Se actúa desde el amor; pero Samantha Biosca nos alerta sobre una de las consecuencias de este tipo de crianza: genera “niños tiranos”, pequeños déspotas que no aceptarán una negativa, exigirán pero no estarán dispuestos a dar nada a cambio.  

Cristina Gutiérrez advierte de otra posible consecuencia: niños plagados de miedos, sin autonomía, incapaces de asumir cualquier desafío cotidiano. “Porque el miedo provoca que uno no pueda ser uno mismo y a partir de esto empiezan otros problemas más serios: la falta de identidad, la tolerancia cero a la frustración…” 

Gutiérrez plantea que sobreproteger es desproteger “no podemos esconderles las piedras del camino porque la vida está llena de dificultades, se las podemos enseñar entendiendo que si se cae debe levantarse”.

¿Enseñas a tu hijo a lidiar con la frustración? 

Esta pregunta me sorprendió en una guía para orientar a familias en la prevención de adicciones. Señalan que “los padres que lo dan todo” no ayudan en el tema de la prevención. 

Atiborran a los hijos de chucherías, juguetes, le dan dinero sin criterio; asisten antes de tiempo para solucionar cualquier conflicto; ceden ante los berrinches y pataletas sin indagar sus causas; no establecen límites; creen que les generarán un trauma, se sienten culpables por no dedicarle el tiempo que requieren y los complacen en todo, si no, les compran la prenda o accesorio de moda para que no se queden fuera de grupo. 

¿Qué relación tiene esta incapacidad de tolerar la frustración con las adicciones? Lo explica con claridad una guía elaborada por la Confederación Española de Padres y Madres del Alumnado (CEAPA): “No tolerar la frustración es un factor de riesgo. Las drogas o algunas conductas con potencial adictivo, en las primeras fases, te dan una falsa sensación de control y hacen más llevaderas la sensación de frustración”. 

El adolescente puede comenzar a asociar que ante la frustración que le produce un hecho, fracaso o conflicto, beber, fumar, comer, jugar apostando o consumir cualquier droga, son sus formas de mitigar su estado anímico. 

CEAPA nos advierte que los padres enseñan principalmente a través del ejemplo y no solo con la palabra (aunque no se den cuenta): 

Cierran los ojos en un gesto de placer cuando inhalan el primer cigarrillo de la mañana: enseñan que fumar es agradable.  

Toman una copa de licor después de una discusión: enseñan que beber quita los nervios.  

Para “animar” a una hija que acaba de sufrir una ruptura de pareja dicen: ¡Vámonos de compras! Y esta noche, frente a la pantalla y un kilo de helado: enseñan que comprar o comer quita la tristeza.   

Agarran el carro después de tomar alcohol: enseñan que es más importante la comodidad para volver a casa que la vida de los demás.  

Pasan horas viendo televisión: enseñan que pasar horas delante de una pantalla es más grato que compartir.  

Comentan con frecuencia sobre la apariencia o la ropa de los demás emitiendo juicios de valor negativos: enseñan que la apariencia es importante y útil para juzgar y excluir a los demás. 

Criar entre algodones no hará más felices a los niños; al contrario les privará desarrollar su sistema inmunológico social para tener los “anticuerpos” que les permita resolver los conflictos que implica vivir y crecer. 

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