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El virus de la violencia y la intolerancia


 “No quisiera volver a clases presenciales porque sé lo que me va a volver a pasar, en la casa estaba protegido”. La voz de un adolescente de 13 años revela a través del zoom el temor presente en muchos estudiantes que son víctimas de la violencia.

El Día Escolar de la No Violencia y la Paz (30 de enero) viene a recordarnos que es un fenómeno que sigue presente y que no se ha extinguido con la pandemia.

Según el estudio de Violencia de la ONU, la violencia en las escuelas se define como la que ocurre en el ámbito de los espacios formales de educación (liceos y escuelas) y afecta principalmente a los estudiantes pero también a otros actores de la vida escolar: docentes, directivos, representantes.

Los alcances y el impacto que está generando la violencia a través de los medios tecnológicos está poniendo en aprietos a los centros educativos para definir cuáles son los “espacios formales”, ¿sólo los físicos o más bien los sociales y sus implicaciones? En tiempos de pandemia hemos visto cómo el crecimiento de la exposición a las pantallas ha convertido a éstas en los medios de reproducción del acoso escolar y la violencia.

Ante la complejidad de un fenómeno social que se va diversificando y tomando matices desde Cecodap decimos que:

La violencia en los centros educativos se vale del uso deliberado e intencional del poder, del uso desigual o diferenciado de la fuerza, de la autoridad o cualquier otra condición, de forma explícita o implícita, permanente u ocasional, directa, indirecta o virtual, entre los distintos miembros de la comunidad educativa con el propósito causar daño a personas, objetos o instalaciones.

La OMS señala acertadamente que la violencia puede estar dirigida hacia sí mismo, como en el caso de autoagresiones; asunto que genera especial preocupación en los tiempos actuales por el impacto emocional de la pandemia.

La violencia en los centros educativos puede abarcar desde las formas más sutiles de agresión, muchas veces inadvertidas, hasta las más evidentes e incluso letales. La comunidad educativa tiene que estar consciente en qué medida las relaciones en el centro educativo están mediadas por la agresión.

Su origen puede estar fuera del centro (familias, comunidad, etc.); en la propia interacción entre los actores del centro o la administración de los conflictos escolares y el régimen disciplinario y sancionatorio o en la mayoría de los casos, a la combinación de ambos.

Violencia es violencia

El hecho es que cualquiera sea su origen y manifestación violencia es violencia, debe ser reconocida como tal y requiere una respuesta por parte de los actores involucrados y de las instituciones.

La concepción que se tenga sobre la violencia será determinante para poder identificarla; puede ser que hoy se tipifique como violencia hechos o conflictos que antes no se consideraban tales, eran abordados de otra forma o ignorados. Los hechos violentos se caracterizan por un uso intencional de la fuerza para hacer daño a otros, incluso a sí mismo (autoagresiones), como a objetos, instalaciones. Es importante diferenciarlos de actos de indisciplina, donde se transgreden las normas de convivencia donde no necesariamente existe violencia.

La sociedad de hoy en día no es la misma de hace años, la presencia de muchos fenómenos y sus consecuencias en la sociedad no es igual, de ahí que no se pueda mantener esquemas rígidos sin considerar los contextos y considerando las redes sociales y el impacto que tienen en la vida de los estudiantes y su socialización.

No se reduce a hechos extremos

Lo que no puede estar en discusión es que la visión sobre la violencia no puede quedar reducida a aquellos hechos vandálicos o cuando se usan armas con consecuencias fatales. Cuando estos hechos nos «explotan en la cara» entrañan una secuela de historias, casos, víctimas que, por meses, años, se gestaron y fortalecieron en la impunidad, inacción y complicidad.

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